me cojo a mi primita cuando mis tios salen de compras

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La tarde estaba calurosa y húmeda, el sol pegaba fuerte sobre la pequeña casa de campo donde los primos se encontraban a solas. Martín, un joven de 18 años, no podía contener la excitación al tener a su primita Lucía de 20 años tan cerca. Ambos llevaban varias semanas flirteando detrás de las espaldas de sus padres, y ese día, con la excusa de acompañar a los tíos al supermercado, se habían quedado solos en la casa.

Los minutos se alargaban y la tensión sexual entre Martín y Lucía crecía a pasos agigantados. La lujuria en sus miradas era palpable, y el deseo de poseerse mutuamente se hacía cada vez más incontrolable. Finalmente, con un susurro cargado de malicia, Martín tomó la iniciativa y se acercó a su primita con determinación.

«¿Qué estás haciendo, Martín?», dijo Lucía con voz temblorosa, aunque su cuerpo pedía a gritos que la dominaran. Sin responder, Martín la tomó por la cintura y la atrajo contra su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la ropa ajustada.

Con un gesto rápido, Martín atrapó los labios carnosos de Lucía en un beso apasionado, y la joven no pudo resistirse a corresponder con la misma intensidad. Sus lenguas se entrelazaron en un baile erótico mientras sus manos exploraban ansiosas los cuerpos jóvenes y turgentes.

A medida que la pasión se apoderaba de ellos, Martín comenzó a desnudar a Lucía con manos ávidas, arrancando la ropa con ansia hasta dejar al descubierto su piel suave y tentadora. Lucía gemía de placer, arqueando la espalda para ofrecerse por completo a su primito.

«Eres tan hermosa, Lucía», murmuró Martín entre besos hambrientos, mientras sus manos acariciaban las curvas perfectas de su cuerpo. Sin perder un segundo más, Martín se despojó de sus propias prendas y se colocó frente a Lucía, mostrando su verga dura y ansiosa de acción.

Los gemidos de Lucía se volvieron más intensos al ver la verga erecta de Martín, y supo que no podía resistirse más a la tentación. Sin mediar palabra, se arrodilló con sumisa devoción y tomó el miembro viril en sus manos, comenzando a mamarlo con adoración.

El placer que recorría el cuerpo de Martín era indescriptible, y sus jadeos llenaban la habitación mientras Lucía se esmeraba en darle placer con su boca traviesa. Cada succión, cada lamida, llevaba a Martín al borde del éxtasis, pero quería prolongar aquel momento de éxtasis máximo.

«Oh, Lucía… sigue así, no pares», gemía Martín, agarrando el cabello de su primita con firmeza mientras recibía agradecido la experta mamada que le brindaba. Lucía, ansiosa por complacer a su primito, redobló sus esfuerzos y aumentó la intensidad de sus movimientos, llevando a Martín al límite del placer.

El ambiente se cargaba de erotismo y lujuria a cada segundo que pasaba, y Martín supo que era hora de llevar las cosas al siguiente nivel. Con un gesto decidido, levantó a Lucía y la llevó hasta el sofá, donde la tumbó de espaldas y se colocó sobre ella con deseo desenfrenado.

«Te deseo tanto, Lucía», murmuró Martín entre dientes mientras acariciaba las curvas perfectas de su primita. Sin más preámbulos, se abrió paso entre las piernas de Lucía y la penetró con fuerza, provocando gemidos de placer que resonaban en toda la habitación.

El vaivén de sus cuerpos era frenético, desenfrenado, y Martín se dejaba llevar por la pasión que lo consumía. Cada embestida era un torrente de placer que recorría su cuerpo, y cada gemido de Lucía era música para sus oídos.

El sudor perlaba sus cuerpos desnudos, el olor a sexo impregnaba el ambiente y el deseo los mantenía unidos en una danza lasciva y desenfrenada. Martín no podía contener el placer que lo embargaba, y sabía que el clímax estaba cerca.

«¡Oh, Lucía, voy a acabar!», exclamó Martín entre jadeos, aumentando la velocidad de sus embestidas y llevándola al borde del abismo del placer. Lucía, embriagada por el éxtasis, no pudo contenerse más y se dejó llevar por la vorágine de sensaciones que la envolvían.

Con un gemido ahogado, Martín se dejó llevar por el torbellino de placer que lo consumía, y juntos alcanzaron un clímax explosivo que los dejó sin aliento. El éxtasis los envolvió en una nube de felicidad y satisfacción, y se fundieron en un abrazo cálido y reconfortante.

Así, entre gemidos y suspiros, Martín y Lucía disfrutaron de un momento de intimidad prohibida, sabiendo que aquel amor prohibido los uniría para siempre en un lazo indestructible.